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En los belenes napolitanos del setecientos, alrededor del dulce acontecimiento del nacimiento de Jesús, se comprimía una ciudad, Nápoles, variopinta y turbulenta. Magos, saltimbanquis, músicos de color venidos de África y de Oriente, ángeles y "cafoni" formaban agitados carruseles, orgullo de casas nobles y burguesas. En el fondo, ante todo y sobre todo, era un juego: un juego caprichoso, refinado, snob, para una élite que enloquecía con las rimas pareadas de Metastasio y se abandonaba estática a las árias más o menos fáciles de Scarlatti, de Paisiello o de Cimarosa. La ocasión navideña representaba la oportunidad de mostrar los belenes, pero el juego de colocar todas las piezas "se continuaba" durante todo el año sin interrupción y requería empeño, especialización y medios.
Mil setecientos, fue el siglo del teatro, y la producción y dirección de belenes gozaba de una gran reputación. A final del proceso se encontraba el rico patrocinador. De la mayoría de ellos conocemos sus nombres: el príncipe Ischitella, que cubría de gemas y de oro las figuritas de sus belenes; el duque da Calá Ulloa; el duque de Corvino; e incluso reyes, como Carlos III, que en compañía de su augustísima consorte María Amalia, dedicaba a esta actividad las tardes libres de los compromisos de Estado. Tal ocupación estaba completamente alejada de la práctica religiosa y eclesiástica habitual a la que era de esperar se refiriera, dada la temática.
Los belenes de este siglo no giran únicamente alrededor de la Navidad, sino que se extienden mucho más ampliamente hacia nuevos campos de investigación, desde la etnografía al folklore: la taberna, la tarantela, la caravana de los Reyes Magos, el tropel de los provincianos caracterizados según la provincia de origen, los saltimbanquis, el séquito de los músicos de color procedentes de África y de Oriente; lo cómico, lo exótico, lo descriptivo, la crítica social, y siempre -y sobre todo- un complaciente sentido de distanciamiento respecto a la clase más humilde, una impía befa, casi un constante rasgo caricatural a expensas del "cafoni", el hombre o la mujer del campo, que viene a la ciudad, a un mundo nuevo tan diferente e inesperado, y no sabe esconder su cándida sorpresa frente a tantos signos de magnificas riquezas y adelantos. Desgraciadamente hoy encontramos poco, al menos en el plano del espectáculo de conjunto, de lo que debían auténticamente representar los belenes en su momento originario: los belenes se modificaban y actualizaban. Solo recientemente se han convertido en objetos estáticos en los museos.
Los cambios culturales y los cambios de sensibilidad dejaron sus huellas; así, los belenes difícilmente han llegado hasta nosotros con la apariencia que tenían durante la regencia austriaca (1.707-1.733), o durante las cinco décadas que siguieron de reinado de Carlos III, o durante los años de la primera restauración de los Borbones (1.799-1.806).
Los belenes más famosos e importantes hoy -en el Museo de San Martino en Nápoles, en la Reggia de Caserta, en los museos de Avellino, en Munich, en New York (the Metropolitan), Pittsburgh, o in situ en alguna casa napolitana que aún los conserva (los Leonetti, los Castello)- reflejan con absoluta precisión cada una de las fases culturales.
Estos belenes pueden ser considerados como producto de ciento cincuenta años de arte napolitano. |